Cuando la nueva versión no ama a tu dispositivo

Uno de los mensajes más descorazonadores que puede recibir alguien que trate de descargarse una aplicación informática es: “tu dispositivo no es compatible con esta versión”. Ya se trate de un ordenador, tableta o smartphone, ningún gadget tecnológico, por bueno o de última generación que sean, queda libre de sufrir una humillante desactualización que lo deje fuera de juego y a su usuario con cara de tonto. Tampoco es para suicidarse. Los desarrollos tecnológicos avanzan a tal velocidad y las sucesivas actualizaciones son tan frecuentes, que resulta prácticamente imposible estar al día de todas las novedades que se producen. Así que si eso te ha sucedido a ti, no te ofusques ni te lo tomes de manera personal. En el mundo del software, todos somos dinosaurios.

Por supuesto, lo mejor que podemos hacer para evitarnos sofocos y, de paso, otro tipo de problemas más graves, es apostar siempre por las versiones legales de software. Las descargas piratas que pululan por ahí, además de ser ilegales, son toda una invitación a que nuestros equipos se llenen de virus y otros elementos indeseables que tarde o temprano harán que nos arrepintamos. Así que si tenemos mucho interés en una determinada aplicación, más vale rascarse el bolsillo y adquirir una versión legal y actualizada que nos cubra las espaldas.

Otra medida elemental es seguir una rutina elemental de actualizaciones de software. Sabemos que es una disciplina que puede resultar algo engorrosa. En primer lugar por la insistencia con la que los pop ups del interfaz nos recuerda cada dos por tres que vamos por detrás en cuanto a versiones. Y en segundo porque cada vez que le hacemos caso y hacemos clic sobre el icono que pone en marcha la actualización sabemos que nos va a tocar esperar. Que nuestro dispositivo queda inutilizado durante los  interminables minutos en los que todo lo que nos muestra la pantalla es una barra de progreso de descarga, y además suele ser necesario reiniciar para volver a funcionar con normalidad.

Además, también es habitual que cada nueva actualización consuma mayores recursos internos y memoria del equipo, o que los nuevos componentes interfieran con alguna de las otras aplicaciones que ya estaban instaladas, con lo que el funcionamiento general puede ralentizarse. Sin embargo, estos inconvenientes siguen siendo una opción menos mala que la de no actualizar en absoluto, ya que si no lo hacemos, tarde o temprano acabaremos bloqueados.

En un mundo ideal, estas dos medidas elementales deberían ser suficientes para garantizarnos una placida convivencia con las versiones de nuestras aplicaciones predilectas. Pero todos sabemos que no vivimos en un mundo ideal. A veces, seguir escrupulosamente los pasos que marcan los fabricantes no es suficiente para evitar los fatídicos mensajes de error. Los duendes de la informática son traviesos y siempre están dispuestos a hacernos alguna trastada. Cuando eso sucede, puede tratarse de un conflicto con los drivers, los controladores de software que sirven de intermediarios entre el sistema operativo y los dispositivos de hardware. En ese caso también será necesario actualizarlos.

Otro problema con el que podemos encontrarnos es que  las actualizaciones del sistema operativo dejen inoperativas determinadas aplicaciones que funcionaban a las mil maravillas con la versión anterior. Así que si se trata de programas que usamos a menudo, antes de instalar la nueva configuración, deberíamos asegurarnos de que sea compatible con la última versión de la aplicación. En otras ocasiones se trata de un problema de hardware, y es el equipo, especialmente su ya tiene unos años, el que no soporta los requerimientos de los nuevos desarrollos.

Y como para gustos, los colores, también puede pasar (de hecho, pasa a menudo, los seres humanos no somos muy amigos de los cambios) que hay quién al subir de versión se da cuenta, al compararlas, de que le gustaba más la antigua, y opta por volver a lo “malo conocido”. Incluso hay nostálgicos del software que prefieren seguir trabajando con programas que directamente han dejado de fabricarse (ahí están los míticos Freehand o QuarkXpress, en el caso de los diseñadores gráficos),  y que no quieren ni oír hablar de sus modernos sustitutos. Pero eso es ya rizar el rizo.

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