Tiempos de pandemia y negocio

Acaba el verano. Cuánto tiempo llevamos así? En qué momento cambió todo? Cuándo asumimos que los problemas de antes, tan profundos, eran otros problemas??

Pasó a mitad de marzo. Ahí sucedió que evolucionamos del escepticismo y la impresión de que esto no me puede pasar a mí a ver que el suelo se abría a nuestros pies, que las prioridades cambiaban, que nos moríamos.

Y sin embargo había que seguir viviendo.

En Mercado Actual en ningún momento dejamos de operar; tuvimos claro que la supervivencia también era eso. No somos funcionarios, no estamos sustentados por el estado, no tenemos un fondo de dinero propio de una multinacional que salvo pequeñas variaciones permite la retirada. O trabajamos o desaparecemos.

Mi certeza personal comenzó no a mitad de marzo, sino algo antes, cuando algunos amigos médicos me transmitieron la realidad del desastre en los hospitales. Asumí que todos nos íbamos a contagiar, tarde o temprano; estaba seguro de que todos pasaríamos por ahí, pero al ser relativamente jóvenes (la edad media de Mercado Actual no supera los 37 años) podíamos esperar no caer en gravedad extrema. De modo que el primer plan fue tratar de controlar el orden de los contagios. Se definieron al menos dos personas para que pudieran hacer cada una de las tareas, y estableciendo intersecciones más o menos complejas y más o menos forzadas, formamos dos grupos: los que se iban ya a casa a protegerse encarecidamente, y los que nos quedábamos trabajando a la espera de contagiarnos lo más tarde posible. Lo importante, lo esencial, es que no se contagiaran al mismo tiempo las dos personas que podían hacer la misma tarea. Teníamos algunos comodines, esos valientes insensatos que son capaces de hacer muchas (a veces mal, pero las hacen). A estos, si hubiésemos podido los habríamos mandado a flotar en el espacio con todas las comodidades.

Personalmente tuve miedo. Además del de la enfermedad, tuve miedo al momento de mi contagio, porque no podía ser demasiado pronto. Hasta que no estuviera todo el personal estable teletrabajando, la situación operativa equilibrada y la situación financiera garantizada yo no podía enfermar, empezando porque necesitábamos mis poderes de representación. Precisamente la época de marzo a junio es una época valle en la que renovamos todas nuestras líneas de crédito, esta vez con la incertidumbre añadida de cuántos grifos se iban a cerrar por el cataclismo que se avecinaba.

Una parte relevante de nuestro negocio se basa en el volumen: hemos de comprar más que nadie para tener mejor precio que nadie y poder operar con rotaciones de stock altas en Europa. Para comprar esos volúmenes lo tenemos que hacer con previsión, para dar tiempo a la fabricación del producto. Hablamos de comprar 3 millones de dólares al mes en productos unitarios que valen 60. Estáis calculando cuántos son? Es fácil, pero os lo pongo para que no se pierda el ritmo de lectura: son 50.000 unidades. Camiones que se descargan, pallets que se desmontan; productos que se desembalan, reetiquetan y se vuelven a meter en una caja uno a uno…Y así constantemente: 3 millones, 4 , 1, etc.

Se compra en dólares porque es la divisa de referencia para el cálculo de precios, y en esas cantidades la fluctuación de la moneda haría variar el precio constantemente; pero claro, fluctúa, y al final nosotros compramos el pan en euros….

A ese desafío constante se unió el pánico. La paralización de los mercados. El confinamiento de los países. El cierre de fronteras.

Para nosotros parar también es morir.

Los fabricantes siempre presionan para incrementar sus ventas: está nublado, debes comprar más. Hace sol, debes comprar más. Hace frío? Compra más. Hace calor? Compra más. Unos meses antes sucedió un evento de estos: la erupción del Volcán Taal en Filipinas: TODOS A COMPRAR! Nunca supe muy bien por qué un volcán en Filipinas podía retrasar los pedidos que venían de Corea o China, pero el caso es que compramos, fuerte, intensos. Y cuando llegó la pandemia nosotros teníamos producto. Mucho. Y seguimos comprando. Con retrasos, con incertidumbres, con modificaciones de última hora, con oscilaciones en los tipos de cambio enormes, con dificultades para encontrar todas las unidades, pero seguimos.

Fueron tiempos oscuros, aquellos de abril, con tormentas, lluvia, frío (“huele a cielo de tormenta y me muero porque vuelva aunque sea un pedacito de normalidad”); con certificados de trabajo que a algunos empleados les pidió la policía durante días seguidos, cambiándonos de ropa al entrar en casa, con las manos irritadas de tanto lavarlas y eccema en la cara por llevar la mascarilla tanto tiempo… Atravesando una ciudad desierta, en la que nos mirábamos unos a otros con recelo: cualquiera era un zombi que te podía convertir en zombi. Dudas, vacío, terror.

Así pasaron los días, y mira qué coincidencias: los pedidos Online subieron superando durante semanas las ventas del Black Friday. Los pedidos de empresas de nuestros comerciales también, porque confinaban a sus empleados y no tenían ni portátiles, ni impresoras, ni monitores… compañías con un nombre y una magnitud de las que sorprende que no hubieran tenido esa previsión.

Cuando España aflojó, Francia funcionó bien. Cuando Francia se bloqueó, Alemania nos generó más pedidos. UK nunca dejó de consumir (probablemente influidos por la agresiva política inicial…) Después recuperó España. Luego Francia.

No dejamos de comprar, de modo que llegó un momento en que en nuestro sector sólo había dos entidades relevantes comprando: una era Mercado Actual. Otra era Amazon.

Vivimos una de las mejores épocas logísticas de la historia, y difícilmente repetible: las calles vacías, sin tráfico, la gente en sus casas y por tanto generando cero rechazos; la policía sin preocuparse por las multas de aparcamiento, que por otra parte había de sobra… Los repartidores superaban las 200 entregas diarias. Rocambolesca situación que benefició claramente a los sectores con líneas de negocio online y entregas a domicilio. Podéis mirar por curiosidad la cotización de Amazon desde el 30 de marzo hasta hoy.

Tristemente, abrumados por las muertes a centenares cuando eso ya no podía pasar, con una soledad social apabullante, hemos podido superar la primera ola, debiendo valorar la suerte que hemos tenido por estar en un sector que no fuimos conscientes de elegir en su momento, que sigue a flote en medio de la catástrofe.

Solo dos empleados fueron diagnosticados por COVID19, y ambos fueron contagiados ya confinados en sus casas, uno por su novia y otro por su madre. Yo pude venir a la oficina todos los días, y vine todos los días, por solidaridad con los que tenían que hacerlo (almacén, incidencias…) y por gusto, para sentir que aún seguía en la batalla, que estaba vivo y alerta…

Y ahora qué? Qué nos depara el futuro?? Parar es morir; seguiremos luchando día a día, y cuando pasen estos problemas vendrán otros; y cuando consigamos algo valioso otros lo querrán. Y tendremos que movernos, evolucionar, innovar, actuar y jugárnosla para seguir.

Y pasando miedo, con amenazas constantes por nuestra supervivencia.

Vaya, como siempre.

Rafael Torres. CEO – Mercado Actual

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