Empatía con hidrogel

Soy mucho de empatizar. De tocar. De agarrar. De acercarme. De comprender. Soy de esos que se acerca a la cartera de clientes siempre que puede. Acercarse físicamente, (quiero decir), sin romper ese espacio interpersonal, pero cerca. Soy de esas personas que llama al cliente preguntando si le falta o le sobra algo. Si “¿todo bien?”. “¿Qué tal la familia?” “¿Qué tal el último pedido?”. “Me debes dos facturas, ráscate el bolsillo que el jefe me está apretando”. “No te preocupes hombre, que hay confianza”. “¿No estás de acuerdo con el importe?” “¿Quedamos a comer y lo hablamos?”. No, esto último, ya no.

Vivimos pandémicos tiempos empapados de una asepsia impostada por ser obligada, pero igualmente reluciente. No pasa nada y está pasando de todo. Lo llevamos bien, pero no todos al mismo ritmo ni de igual forma. Hay nuevas rutinas que son más obvias que otras, pero que ya forman parte de las de siempre y han venido para quedarse hasta que todo termine o empiece, que cada vez lo tengo menos claro.

Mi relación con los clientes se ha visto afectada gravemente. No vendo menos, vendo lo mismo o más, pero ya no toco. Ya no agarro del brazo ni como con mis clientes. El teletrabajo al que algunos sectores se ven avocados y obligados incluye también el trato con el cliente. El sector tecnológico tiene a favor las herramientas, el conocimiento, la innovación y la última hora en todo, pero al mismo tiempo tiene un déficit comparable al de un bar de barrio en el que las telarañas de la caja le han ganado la partida a la paciencia del dueño. Y esto último desde hace ya unos meses. ¿Qué tienen en común telarañas, bar y yo mismo? CLIENTES. Esos tipos que somos todos. Esos seres humanos que hacemos que la rueda gire, que el dinero se gaste y que la economía se mueva. La relación cliente y proveedor se ha modificado. Ya no sirven ardides de perro viejo que terminaban en garrafón y ceniceros llenos. Ni siquiera opulentas comidas en platos grandes con raciones pequeñas deconstruidas con hidrógenos de colores refulgentes. Ahora a tu cliente logras convencerle de algo MICROSOFT TEAMS mediante; sin mascarilla si ha podido (o has podido) encontrar un despacho libre y con problemas de señal Wifi casi siempre. Llamas por teléfono para reclamar o vender y la voz otrora clara y firme se convierte en cacofonía filtrada por una mascarilla FFP2, 3 o 17. Ya no eres capaz de saber si ese tono de voz que antes mostraba amenaza ahora muestra indulgencia. Todos sonamos iguales y lo hacemos en modo binario. Teletrabajando o telehaciendo lo que sea que ahora tengamos que hacer para vender.

No son malas noticias. Son noticias. Hay que adaptarse. La evolución a la que se aludía en este artículo (gran artículo de Miguel Ángel Olmedo) también sirve para esto. Para vender. Para cuidar a quien paga las facturas y permite que los vicios se paguen, las nóminas se cumplan y las casas de quienes cobran esas nóminas luzcan dichosas, (pero siempre asépticas). Tratar al cliente en tiempos pandémicos se ha convertido en carrera universitaria.

Lo bueno es que en esa trinchera estamos todos. Disparamos con las mismas armas. La sangre es igual de roja. La victoria se alcanza con los mismos medios. Mis clientes tienen la misma mascarilla que sus clientes, negocian con las mismas herramientas y logran vender sus productos y servicios de la misma forma que yo lo hago. Ese es el tablero y esas son las reglas.

Como resumen hay que decir que sí, que vivimos tiempos pandémicos, pero no nos olvidemos que los estamos viviendo. Sigamos en la brecha. Sigamos vendiendo. Asépticamente si hace falta, con mascarilla y con hidrogel hasta que la piel muera abrasada, pero que la rueda gire.

Y es importante que así sea porque no todos han tenido la misma suerte. Ni en lo económico ni en lo vital. Menos lloros y más empuje. Menos crítica y más adaptación. Que siga girando.

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